La Historia de Juan

Capitulo III


Todas las mañanas a primera hora Juan daba un largo paseo por la urbanización. Después del desayuno, si no tenía que resolver asuntos que le obligaran a ir al Centro de la Ciudad, leía sin prisa el Sur, el periódico local en el que lo más interesante eran los titulares de la primera página y el articulillo de Manuel Alcántara siempre preñado de gracejo andaluz conjugando noticias de actualidad con frases de doble sentido a cuál más ingeniosa. Luego se encerraba en su despacho, contestaba la correspondencia recibida, llevaba las cuentas de sus inversiones, se "paseaba" por Internet y un rato antes de comer leía algún libro sobre temas que consideraba interesantes.

Desde que llegó el Seiscientos había transformado ligeramente su horario de mañana haciendo un hueco para llamadas relacionadas con repuestos y búsqueda de las herramientas especiales que iba a necesitar. Invariablemente las tardes libres las pasaba en el garaje.

La "operación limpieza" fue lenta pero gratificante. Parecía como si el coche fuese poco a poco recobrando vida. Preparó con su mujer dos cubos con agua y detergente y con sendas esponjas enjabonaron todo el exterior del coche aclarándolo luego con la manguera poco abierta. Repitieron la operación dos veces y pasaron la potente aspiradora doméstica por el interior, intentando que el lavado de cara fuese suficientemente aceptable.

Sacar el asiento de detrás fue fácil, pero los dos individuales delanteros se resistieron tozudamente. La grasa de las guías totalmente reseca frenaba cualquier intento de movimiento y tuvo que ir dando golpecitos con el martillo de nylon hasta conseguir deslizarlos hacia adelante.

El piso de goma venía de fábrica totalmente pegado al bastidor, pero el tiempo había hecho perder su adherencia en los bordes y ahora podían levantarse en casi todo su contorno. Juan pasó de nuevo la aspiradora para acabar de limpiar el polvo almacenado bajo los asientos y continuó levantando los bordes para rematar la faena. Cuando ya acababa en la esquina del conductor reparó en una medallita ovalada de apenas medio centímetro. Era de metal dorado, con esmalte azul y representaba en relieve la imagen de La Milagrosa. Fue a su banco de trabajo, la limpió y se acercó a María que daba el último repaso al parabrisas.

- Mira lo que he encontrado en el piso.

María contempló la medalla con interés, le dio la vuelta, volvió a mirarla de nuevo y se quedó pensativa.

- Juan, yo perdí una igual hace mucho tiempo. No será que........

- Sé lo que estás pensando, pero no. En la casa de mis padres había varias iguales a esta, las monjitas de la Caridad las repartían a troche y moche. Hay una probabilidad entre cien mil que éste fuese nuestro anterior coche. Además he observado detenidamente la pintura, sobre todo en las abolladuras y en los faldones que están oxidados y no. Indudablemente el coche ha sido pintado, no hay más que ver los pequeños chorreones que tiene debajo de las aletas, pero creo que el color primitivo era azul claro, se nota perfectamente. Mira aquí y aquí.

- Vamos a hacer una prueba.

Juan cogió un trapo, lo mojó en disolvente y frotó con fuerza en el exterior lateral del techo. Inicialmente el trapo se tiñó de verde pero en seguida apareció tenuemente el color azul.

- ¿ Lo ves ?. Era muy difícil, pero habría sido alucinante que el coche hubiese vuelto a nosotros. Por cierto, ¿ Has visto el motor ?. Está casi completo, creo que hasta podremos salvar el radiador , solo vamos a necesitar los manguitos. En cuanto lo limpie tendré que confeccionar una lista de todas las piezas que necesitamos.

Tras varias gestiones, había encontrado una empresa que alquilaba maquinaria semi-doméstica y pudo contratar un compresor de agua a presión. Una vez que el motor estuvo satisfactoriamente limpio anotó las piezas que a su juicio debería en principio cambiar: